Autobiografía de Tomás Megías Marqués

Tanta suciedad había en las trincheras que teníamos los piojos a montones, nos pasábamos la mano y caían al suelo. Jugábamos colocando un papel en el suelo, le hacíamos una raya en medio y a cada lado echábamos unos pocos, los que cruzaban la raya eran los que ganaban, había veces que se juntaban y se peleaban unos con otros, parecían bandos enemigos.

Fui teniendo suerte, de todos los atentados me iba escapando. Así se fue pasando el tiempo y nos metimos en el año '38. Otro contratiempo. Esta vez cogí las calenturas palúdicas y de nuevo al hospital de las Ventas. Se lo mandé a decir a la familia, advirtiéndoles que no era nada, pero Clarita, no estando conforme, se lanzó para Madrid sin avisar. Yo tenía una amiga con la que iba al cine por no ir solo, también se lo dije por teléfono para que fuera a verme. iEra tan triste estar en un hospital sin tener visitas! Y así lo hizo, me dijo el día que podía ir, pero se adelantó mi esposa. Corno ya he dicho y sin yo esperarla, se dejó caer en el hospital. Ya habíamos comido y estaba durmiendo, me despertó.

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No paró aquí la cosa. Una vez anochecido, creyendo que venía el enemigo, nos mandaron hacer fuego. Cuántos tiros tiraría que se me hizo el fusil ascua y se partió por medio. Yo creí que había sido mi salvación y que ya no tiraría más tiros. Me fui a la casa donde estaba el jefe y se lo entregué, pero enseguida me dió otro nuevo y me dijo:

- iMárchate enseguida al puesto que tenías!

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Pasaban los días y todo estaba tranquilo, ni siquiera pasaban lista. Entonces los tres paisanos pensamos irnos al pueblo a ver a la familia y a la novia. Esto era a primeros de Marzo del 37 y un día después de comer salimos para Madrid y como no había tren hasta Aranjuez, nos fuimos a Ventas, que desde allí salían camiones con ese destino. El sol se ponía y nosotros allí. Al fin llegó uno. Lo paramos y le preguntamos que donde iba, nos dijo que Aranjuez.

  • Pues tenemos que irnos contigo, somos milicianos que vamos a casa con permiso.
  • Bueno, subir. 

Hacía bastante frío, e íbamos los tres hechos una piña para darnos calor el uno al otro, y a más de medio camino comenzaron a caer algunos copos de nieve. Nos íbamos divirtiendo muy poco. Al llegar a Aranjuez nos bajarnos debajo del puente que hay al entrar. Allí nos comimos medio chusco que habíamos guardado cuando comimos a mediodía. Desde allí nos fuimos a la estación de donde salían algunos mercancías para Manzanares. Entraban y salían sin luces, porque les tiraba el enemigo que estaba en la Cuesta de la Reina. Pasada la medianoche salió uno para Manzanares, nos montamos en un vagón vacío y nos sentamos en un rincón. Allí dormirnos algunos ratos.

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A los diez días de llegar, una tarde nos entregaron un fusil y una cartuchera. Las instrucciones fueron tan precarias que sólo nos dijeron: «Así se abre, se mete un cargador, se cierra y se tira del gatillo y a tirar tiros». Después nos dieron de cenar y nada más terminar nos montaron en camiones y salirnos para un frente. Cuando llevábamos media hora de camino, aparecieron por encima de nosotros unos aviones enemigos. Pararon los camiones, nos bajamos, nos desplegamos a un lado y otro de la carretera, echándonos cuerpo a tierra y sin hacer ningún ruido. Primer susto antes de llegar al frente, pero no pasó nada y reanudamos nuevamente el viaje.

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