Vida y andanzas de un pícaro manchego del siglo XX

Y siguieron sus actuaciones en la radio con gran éxito, reclamado por la audiencia y los locutores que veían como aumentaba la popularidad del programa de nocturno que dirigían. Después de media docena de programas volvió a darse cuenta de que repetía los chiste ´las canciones e incluso las peroratas intermedias y empezaron a decirle que “Eso ya lo has dicho” o “A ver si cambias de repertorio que ya lo tenemos oído” Aquello le hizo intentar recordar sus antiguos temas y rebuscar en el desván de la memoria, algo novedoso, pero terminó por recurrir a Cristián para que le proporcionara materiales. “Antonio, yo puedo facilitarte algo, pero creo que debieras crear algo nuevo e impactante, hablando de lo que acontece hoy en día y de los protagonistas del pueblo. Siempre se te ha dado bien, así que inténtalo y ponte a ello”

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Su buen humor en adelante se tornó más ácido e irreverente si cabe, arremetiendo inmisericorde con todo aquel que como él decía “No tenía una buena palabra, ni una buena acción” Se atrevía con las autoridades ya fueran policías municipales, concejales o el mismo alcalde, sin que estos se atrevieran a contestarle. Y es que sucedía lo que Antonio repetía a menudo “Este es un pueblo tan chico, que hay que salirse fuera para cambiar de opinión” o cuando discutía con alguno muy terco y terminaba cabreado.  

“No es conveniente matar a un tonto, porque al entierro vienen muchos más”

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 Había ido Antonio al médico a causa de unas molestias y este le mandó a Ciudad Real para que le tuvieran en observación. Y allí permanecía ya más de una semana sin noticias de su posible enfermedad, cuando a Cristian y a un grupo de amigos les dio por ir a visitarlo para levantarle el ánimo. Iban pertrechados con un buen número de tebeos y una radio transistor para que le ayudara a pasar el tiempo. Llegaron a un antiguo edificio que hacía las veces de hospital atendido por monjas que les encaminaron a través de un largo pasillo a una habitación donde se encontraba Antonio sumido en un aparente plácido sueño, del que en un principio dudaban hacerle despertar, pero terminaron por hablarle para que lo hiciese, sin encontrar respuesta alguna por su parte. Primero suavemente y luego de forma enérgica le zarandearon sin que este saliera de su inconsciencia. Alarmado, Cristian corrió a buscar a la monja jefe y ésta a pesar de sus kilos acudió presurosa para ver lo que pasaba con Antonio, y poniéndole en una camilla lo llevaron a la sala de urgencias. Quedaron los amigos muy preocupados en espera de noticias que tardaron en llegarles más de una hora en que apareció la monja para informarlos. Se trataba de un fallo renal que obligaba a un tratamiento de diálisis y que gracias a su llegada le había salvado la vida. Esperaron otra hora larga hasta que pudieron verlo y hablarle algunas palabras de ánimo. Antonio estaba mareado y apenas pudo contestar las bromas que le hicieron. Aquella tarde regresaron al pueblo con la impresión de que aquel Antonio ya no sería nunca el mismo “Rija” de siempre, si es que salía de aquella penosa situación.

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En Membrillares se vendían muy escasos ejemplares de periódico, y de ellos principalmente “el Caso”, el “Marca” algún “ABC” y el periódico provincial subvencionado por el régimen, el “Lanza” porque no llegaba ningún otro, y estos lo hacían al mediodía, pero en las fechas de la muerte de Franco y el nombramiento del rey, empezaron a venderse muchos más “ABC”. Se instaló un kiosco en la plaza con la intención de vender chucherías y alguna que otra revista femenina semanal y se vio sorprendido por la demanda de prensa, ante lo cual pidió que le suministraran el Alcázar, el Ya, Arriba, el Pueblo y alguna que otra revista de información general. Pronto comprobó que le pedían los periódicos de reciente aparición como el País, Diario 16 y la revista Interviú porque en sus páginas centrales traía señoritas ligeras de ropa.

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Antonio oía la radio hasta durmiendo y si había una noticia importante se despertaba sobresaltado, y eso fue lo que pasó aquel 20 de noviembre de 1975 a las seis de la mañana que provocó que diera un salto en la cama y aumentara el volumen de la emisora de Radio Nacional de España.

“Atención, les habla don León Herrera Esteban ministro de Información y turismo”.

“Con profundo sentimiento, doy lectura al comunicado siguiente: día 20 de noviembre de 1975. Las casas Civil y Militar informan a las 5, 25 horas que, según comunican los médicos de turno, su Excelencia El Generalísimo acaba de fallecer por parada cardiaca como final del curso de su shock tóxico por peritonitis. Posteriormente será facilitado un comunicado médico detallado por el equipo que habitualmente ha asistido al Jefe del Estado. Desde la inmensa tristeza de esta España a la que Franco entregó sin reservas toda su vida, yo pido una oración por su alma…”

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El grupo de teatro “el Quinqué” organizaba multitud de actividades de índole cultural. Desde charlas coloquio, certámenes de dibujo al aire libre, recitales de cantautores, teatro leído, declamaciones de poesía, torneos de tenis de mesa, torneos de fútbol infantil, exposiciones de pintura, cine club, y mucho teatro con actuaciones de grupos de pueblos de la provincia y principalmente del grupo de Peralares “el Zagal”.

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Antonio se había hecho mayor. No tenía un oficio fijo, aunque seguía cobrando letras de vez en cuando. No tenía novia ni amigas “fuertes” y vestía con una chaqueta al menos una talla mayor que la suya, sobre camisa, y por supuesto, sin corbata. Tenía los conocidos de siempre en el pueblo, que no podían ser llamados amigos. Pero a él no le importaba, y seguía relacionándose con todo tipo de personas para actividades tan dispares como el flamenco, la radio, o el juego del tute. Cada cosa a su hora y lugar.

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No había sido en balde el esfuerzo de Antonio en aprenderse la infinidad de datos futbolísticos de las fichas que le preparó su amigo Cristian, pues los usaba en las actuaciones ante el público que le seguían pidiendo en los pueblos de la provincia. Pero se percató de que le era necesario renovar el repertorio si no quería repetirse en sus actuaciones. Incluso le llamaban de las radios locales que empezaban a proliferar. Se trataba de programas nocturnos en los que existía mayor permisividad de contenidos y Antonio podía dar rienda suelta a sus chistes verdes y subidos de tono. Así que aquel verano cuando llegó Cristian hablaron del tema, y se pusieron a cavilar. Fue así como elaboraron una serie de composiciones de corte humorístico. Como la carta de una madre a su hijo en Madrid.

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Los acontecimientos pasados incrementaron el prestigio de Antonio en el pueblo. Se hablaba de lo que había pasado con el programa de festejos y las versiones eran cada vez más peregrinas y falsas. Algunos decían que se había insultado al alcalde y toda la corporación, otros aseguraban que habían sacado una foto de una “Hermana mu deshonesta” y los demás que eran todos unos comunistas, incluido D. Diego el cura. Resultó inútil rebatirlos y tuvieron que aceptar lo inevitable. Antonio se hizo con un ejemplar sin censurar que había salvado un municipal y pudo enseñarlo a los críticos más acérrimos, pero con todo y con esas no se apeaban del burro argumentando que faltaban páginas.

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Diego, el cura, decidió colaborar en el programa de festejos de las fiestas del pueblo, para renovar el mismo. Hasta entonces se trataba de una publicación de tamaño folio que contenía el programa de actividades religiosas y de ocio, aparte del saluda del alcalde y del cura. Para ello contaba con la colaboración de algunos jóvenes estudiantes, de un maestro e incluso de Antonio. Para la portada contó con Cristian que había estudiado artes y suponía romper con las portadas de siempre.

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Antonio Morales, Rija

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