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Capítulo 17. El diccionario

El último año del contrato de la sierra fue el ‘44. Aquel año mandaron los dueños de la finca a un administrador para que estuviese al cargo de todos porque el terreno laborable lo dieron para que lo sembrasen al tercio, que eran dos partes para el que lo sembraba y una para el dueño de la finca.

A mí se me ocurrió sembrar de yeros la huerta que había junto a la casa por si me hacía falta. Los cogimos entre mi esposa y yo, después los trillé, me lo aventaron los caseros y me tocaron diecinueve fanegas que vinieron muy bien. Aquel año me eché aparte. Siempre que podía estaba leyendo, cosa que al administrador le llamó la atención. Era más joven que yo, todos los días nos veíamos y hablábamos, pero un día tocamos este tema y le conté como había aprendido a leer y escribir sin haber ido a la escuela, también le dije que quería tener un diccionario para saber el significado de las palabras. Dándose cuenta de mi interés me ofreció uno de los que tenía en su casa y la primera vez que fue a su pueblo, Tudela de Navarra, me lo llevó y mientras escribo esta parte de mi historia lo tengo al lado para servirme de él en algunas palabras que dudo. Le pagué igual que a los guardas, con unas cajetillas de tabaco y como escaseaba me lo agradecían mucho. Ya tenía diccionario, pero como yo no lo había visto en mi vida, no sabía buscar palabras, ni las entendía. Me lo llevaba al campo lo leía, pero no sacaba nada en claro, pero yo no le preguntaba a nadie para que me explicasen como había que buscar las cosas. Poco a poco, fui dándome cuenta y terminé por saber buscar las cosas que pretendía y el significado de ellas.

Aquel año fue cuando empezaron a pagar los patrones a la Seguridad Social por sus obreros, si no pagaban los multaban, esto no le agradó a mi amo, y para no pagar esa carga me despidió dos meses antes de San Pedro para que yo tomase las medidas oportunas, y las tomé enseguida. Como tenía treinta cabezas de ganado, yeros para el invierno y palos para hacer el porche, decidí solicitar una parcela de tierra y echarme a parte que era lo que yo soñaba. Lo de darme los pastos para mis ovejas era muy difícil puesto que todos estaban repartidos y los que los tenían eran los que los repartían y los que mandaban, porque eran los que componían la junta de aquella misión. Pero tuve una oportunidad, uno que el año anterior se había echado a parte y tenía una parcela aunque pequeña y muy lejos del pueblo, se le había dado tan mal que se tuvo que ir a servir otra vez y esos pastos se quedaban vacantes, entonces yo los solicité y me los denegaron porque se los querían repartir entre dos que lindaban a la parcela y eran de los que mandaban, volví a solicitarlos y hablar con unos y con otros de la junta exponiéndoles el caso de los animales que tenía y que ningún patrón consentía esa cantidad. ¿Qué era lo que tenía que hacer en ese caso? Me aconsejaron que los que me sobrasen los vendiesen porque estaría mejor sirviendo, puesto que con tan pocos animales cuando llegase otro año me habría comido la mitad, como le había pasado al que dejó los pastos. Yo les dije que eso a ellos no les interesaba y que yo no hacía daño a nadie con ocupar la parcela que dejaba el que se iba.

Al fin se convencieron y me autorizaron los pastos y el día de San Pedro me fui a mi casa. Me hicieron la cartilla de ganadero, me di de alta; comencé a pagar los impuestos provinciales y locales, además del sello sindical y con todos aquellos detalles. Cobraba el subsidio familiar porque ya tenía cinco hijos. La parcela que me dieron estaba a derechas e izquierda del camino del Cristo y comenzaba junto a la casa de Paco y terminaba en los páramos de Gasparucho.

 Para empezar a trabajar en mi casa tuve que preparar tarros para ordeñar, cántaros para la leche, «entremiso», «plaitillas» y «baleillos» para hacer el queso. Todo lo tenía encargado desde antes que llegara ese día, pero el entremiso que era de tres flores y de un tablón especial no les había dado tiempo de hacérmelo, por lo que tuve que pedírselo al que se fue a servir, aunque no era entremiso, sólo era una flor pegada en una mesa pequeña y así me apañé hasta que me hicieron el mío, que en aquellos tiempos fue el mejor que había en el pueblo. También compré una borrica para llevar el hato y por si le pasaba algo a algún animal, cargarlo en la bestia.