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Capítulo 2. Toda mi ilusión era saber leer

En el mes de septiembre se celebra en Membrilla las fiestas de los Desposorios y en esos días hacían cine en la plaza, al aire libre; y el último día de la fiesta, nuevamente vinieron a avisarme de pastor. El patrón era don Antonio Jiménez (Canana). Ya tenía 7 años. El sueldo era 30 reales al mes y corno de costumbre, la manutención. Una vez puestos de acuerdo tenía que ir el lunes por la noche, después de terminar el cine, a la puerta del patrón, y esperar hasta que llegara un hijo del amo que me abriese la puerta. Esto lo hizo «el Paco» a la una de la noche. Me pasó a la cuadra de las mulas y me acostó en un poyo donde dormía él algunas veces. Las mulas, que hacían mucho ruido, y yo, que tenía mucho miedo, no pude dormir. A las cinco de la mañana llegó el hijo Antonio, que era con quien yo tenía que ir al campo para ayudarle a guardar las ovejas. Corno éramos muchachos y jugábamos en el campo, Jo pasaba mejor que las otras veces y estaba muy a gusto.

En esta casa había tres varones y tres hembras. Todos querían a Tomás, pero en particular las hembras. Todas jugaban conmigo.

Aquí, como antes, no tenía capote y cuando llovía, me ponían el pellejo de una oveja, con la lana para el exterior para que escurriera el agua. Este patrón además de las ovejas tenía dos pares de mulas para cultivar las tierras y viñas de su propiedad. La vendimia la hacían la misma familia, y de noche, después de cenar, molíamos las uvas que habían cogido durante el día. Esto se hacía con moledora y prensa que funcionaban dándoles a las manillas y palancas. Como la moledora tenía una manilla en cada extremo yo me agarraba a una de estas y aportaba las pocas fuerzas que tenía. Esto se realizaba en una bodega que tenía el amo donde encerrábamos las ovejas y cuando terminábamos era casi la una de la noche; ya no me podía ir a mi casa y dormía en una habitación trastera en la que tenían un sofá viejo. De colchón me ponían unos pellejos pero yo dormía bien.

En esta casa tomaban todos los días el periódico ABC, y yo, como toda mi ilusión era saber leer, siempre que tenía una oportunidad cogía el papel y ya estaba leyendo. De esta manera no se me olvidaba lo poco que sabía de la escuela del Sr. Pepito. Para poder leer en mi casa, se me ocurrió comprar un libro, que se titulaba «La Enciclopedia para niños». Dos años después compré otro. Este era manuscrito: «La guía del artesano». Todo su contenido eran cartas dirigidas a familiares, a amigos, a personas ilustres, a militares, y otras eran comerciales, en resumen, un libro ilustrativo, pero nada de lo que leía entendía, me quedaba a medias y menos. Lo tuve que dejar. Un año más tarde oí decir que había un manuscrito más fácil de leer, era el libro «Países y Mares». Yo sin pensarlo, lo compré. Este libro describe el viaje que hace un señor que le da la vuelta al mundo, saliendo de El Ferrol, pasa por las Azores, atraviesa el Océano Atlántico, llega a América, visita las cataratas del Niágara, después atraviesa todo el continente hasta el final de la Argentina. Vuelve a embarcar y atraviesa el Océano Pacífico, visita el Japón, las Filipinas y sigue hasta Asia donde visita muchos de sus países. Vuelve a embarcar hasta África, visita países, entre ellos Egipto y se viene a Túnez donde vuelve a embarcar hasta Barcelona, y de aquí en tren hasta Madrid. Este libro me fue tan difícil como El Guía del Artesano. Es resultado de este libro, después de leerlo fue que me parecía que había dado yo la vuelta además de darme una lección de Geografía. Cuando compré este tercer libro tenía 11 años. Todavía estaba sirviendo al señor Canana y llevaba en la casa cuatro años. Durante este tiempo, el Antonio me arreglaba las abarcas a la luz del farol en la cuadra y cuando se le daba mal, se enfadaba y las botaba; entonces yo compré un martillo, unas tenacillas y una lezna y, aunque con mucho trabajo, comencé a arreglarlas yo. No recuerdo qué pasó, pero me cansé y me despedí, me fui pensando en la escuela, pero no me dio tiempo a reingresar. A los tres días, un nuevo amo, un carnicero de Manzanares, el señor Medallín, además de carnicero, era tratante; tenía mucho ganado. El mayoral era Juanillo Tercero; el ayudaor era Pochaca, ambos de Membrilla. El ganado lo tenían distribuido en varios cortijos. Me tocó ir a Tirita, donde sólo había una casita de piedra que tenía 6 m2 de superficie y tenía un pesebre para una bestia y una chimenea en un rincón. Como era tan pequeño el local, nos pisaba el animal que había dentro y por si era poco, nos helábamos de frío. Esto se encontraba al margen del río Azuer y a unos 200 metros de la estación del mismo nombre. A unos 15 kilómetros de Manzanares. Mi salario era de 25 pts. al mes y el hato. Aquí no podía leer ni de día ni de noche. el frío y los libros me hicieron que al año me marchara a mi casa. Esto fue en San Pedro, cuando mudábamos los pastores de patrón.