Los Faranduleros vuelven a escena

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Hace poco leía unas declaraciones de Rafael Álvarez, El Brujo, que decía que la cultura no es un lujo: es identidad, pensamiento y también el trabajo de mucha gente (artistas, técnicos, salas) que sostiene a una comunidad entera. Comparto sus palabras y añado que la cultura además es vida y da esa vida a los pueblos. Lo pudimos comprobar durante el fin de semana del 20, 21 y 22 de marzo, de la mano de los componentes del grupo de Cultura y Ocio Los Faranduleros.

Llegaba la hora del acto y las calles aledañas a la Casa de Cultura de Membrilla se iban poblando de gente que acudía al teatro. ¡Ya había ganas de teatro!

La ciudad no es para mí, de Fernando Ángel Lozano (seudónimo de Fernando Lázaro Carreter), es el montaje que han llevado a las tablas Los Faranduleros y que, inevitablemente, nos retrotrajo al cine en blanco y negro y nos recordó la figura entrañable de Paco Martínez Soria, con su maleta de madera y la cesta con los pollos de corral, sorteando el numeroso tráfico en pleno centro de Madrid. Era el Madrid de 1966 cuando se estrenó la película, pero tanto entonces como ahora, la ciudad no era, ni es, para todo el mundo.

Empezaba la función y accedían a la escena, por el pasillo central, el cura y el alcalde de Calacierva (pueblo ficticio), ambos personajes bien representados por Pedro Andújar y José Javier Arias, respectivamente. Intentaban los dos hombres convencer a Agustín Valverde, encarnado en la figura de José Jiménez, para que no se fuera a la ciudad. Tarea harto difícil, pues Agustín, aunque estaba muy apegado a su vida rural, ya tenía decidido marcharse a Madrid a casa de su hijo, que por cierto compartía el mismo nombre; si bien entre las altas esferas en las que se movía en la ciudad, el hijo era conocido como Gusti, interpretado por Juan Antonio Andújar. Carmen Jiménez hizo una buena interpretación de la nuera, Luchy, diminutivo de Luciana. Y es justo cuando el pobre Agustín descubre el diminutivo del nombre de su nuera, cuando recordamos a la criada Filo interpretada por Gracita Morales, en la escena de la película cuando exclamaba con su acento característico: “¡Tanto Luchy, tanto Luchy y se llama Luciana!”. En esta ocasión esa exclamación fue pronunciada por la jovencísima Carla Jiménez que, en su debut en la escena Membrillata, sorprendió gratamente con la soltura con la que se adueñó de su personaje. Al frente de la comicidad del papel de las marquesas estuvieron Manuela Jiménez y Ascensión Núñez, mientras que el dulce papel de Sara, la nieta, y su novio, el traidor Ricardo, estuvieron representados por los jóvenes actores Raquel Fiérrez y Javier Nieto. El colofón de la comedia lo puso la divertida y sorpresiva intervención de la Banda Municipal, representada por el grupo Los Aguadores, que llenaron de música y alegría la Casa de Cultura.

Todo el elenco contó con el apoyo del apuntador Juan Antonio Atochero, mientras que el atrezo y la decoración del escenario fueron obra de los mismos Faranduleros. La dirección corrió a cargo de Luis Romero de Ávila (director artístico de la Asociación Cultural Amigos de la Zarzuela, de La Solana). Bajo su dirección pudimos ver el argumento de la obra, típico del siglo pasado, el “paleto” que va a la ciudad y ve de frente el choque del mundo rural con el urbano. Y aunque hoy la figura rural se haya despojado del descalificativo de “paleto”, todavía hay brechas que diferencian la idiosincrasia de ambas culturas.

Agradecemos una vez más la labor cultural de Los Faranduleros que, después de cinco meses de ensayos con su impagable dedicación altruista, han tenido la valentía de subirse al escenario, con la dificultad que esto conlleva para los artistas amateurs. Además de una obra de teatro para divertirnos, nos han puesto sobre las tablas un tema de reflexión que subyace en cada escena y va más allá de la peripecia cómica, pues nos adentra en el mundo interior de cada uno de los personajes, personajes que representan las miserias y las bondades del ser humano, señaladas en esta novela adaptada primero al teatro y después al cine, escrita a principios de los años 60, pero totalmente vigente en la actualidad.

Dice mi admirado Miquel Silvestre (protagonista de Diario de un nómada) que no concibe la vida sin narrarla. A mí me pasa algo parecido, y aquí queda la narración de esta nueva aventura teatral que nos han traído Los Faranduleros, a los que les deseamos que las musas los sigan iluminando para futuros montajes que enriquezcan el panorama cultural de Membrilla.

 

Alicia Jiménez Muñoz

 

 

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