¿Quién es Santa María de la Cabeza, la nueva imagen de la Hermandad de San Isidro de Membrilla?

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María de la Cabeza, Santa. ?, f. s. XI – Caraquiz (Madrid), 1172-1180. Esposa de san Isidro Labrador, santa.

Las escasas noticias que se tienen de este personaje proceden, en su mayoría, de una tradición popular piadosa muy alejada cronológicamente del tiempo en que vivió, concretamente casi cuatro siglos más tarde.

Esto ha provocado que se trate de un personaje descontextualizado, con las dificultades inherentes que ello provoca a la hora de reseñar una biografía medianamente objetiva y arraigada en datos estrictamente históricos.

Se la identifica con la mención en el códice que, en la segunda mitad del siglo XIII, recoge los milagros atribuidos a su esposo san Isidro, el Labrador, y en el que sólo se dice que el santo madrileño estaba casado y que era padre de un hijo. Del mismo modo, se identifica como la protagonista de uno de los milagros del santo, sin más referencias a nombre ni ningún otro dato biográfico. En las pinturas contemporáneas del códice, de estilo gótico lineal, que decoran el arcón funerario en que estuvo el cuerpo incorrupto de san Isidro en la iglesia de San Andrés, aparece en varias escenas que ilustran algunos de los milagros, siempre ataviada a la usanza de la época, no como una campesina o la mujer de un campesino, sino más bien como una dama medieval, con larga saya y cofia en la cabeza, sin aureola de santa, a diferencia de su esposo, y realizando las labores propias de una mujer rural, llevando la comida al esposo mientras trabaja con el arado o vinculada a la cocina y las tareas domésticas.

Se trata de los primeros datos documentales e iconográficos, que tampoco aportan demasiada información biográfica. Lo que sí parece seguro es que en el siglo XIII, por lo menos, no era considerada aún como santa, y probablemente tampoco a lo largo de toda la Baja Edad Media, siglos XIV y XV, en que no se encuentra ninguna referencia documental sobre el personaje.

Es a partir del siglo XVI, año 1567, coincidiendo con los inicios del proceso de canonización de san Isidro, cuando se plantea la posibilidad de iniciar también el suyo, idea que desde muchos años antes había sido auspiciada por el entonces cardenal primado de Toledo, el arzobispo Rodrigo Jiménez de Cisneros, natural de Torrelaguna (Madrid), y gran conocedor de toda la tradición popular en torno a la esposa de san Isidro que se mantenía muy viva y arraigada entre los campesinos y las gentes de su patria chica. Fue el interés y el apoyo de Cisneros lo que propició que una tradición oral acabara convirtiéndose en un largo proceso canónico con informaciones y declaración de testigos diversos, entre los que se encontraba el escritor y clérigo Félix Lope de Vega y Carpio, quien, además, compuso una serie de versos dedicados a la santa. De esta tradición y del largo y voluminoso proceso, que llega hasta el siglo XVII, es de donde se extraen los principales datos biográficos que hoy día se conocen, aunque, como se ha dicho, bastante descontextualizados.

Los datos populares, la mayor parte de las veces ambiguos y dispersos, la hacen nacer a finales del siglo XI en distintos lugares de Madrid, básicamente en la propia villa o en Caraquiz. Este último lugar fue una pequeña alquería situada junto a la ribera del río Jarama, que hoy día aparece como despoblado, del que sólo se conserva el topónimo y los restos de la ermita, probablemente la antigua iglesia, y cuya jurisdicción se reparte entre el término municipal de Uceda (Guadalajara), la llamada Caraquiz Mayor, y el de Torrelaguna (Madrid), conocida como Caraquiz Menor o Caraquicejo, ambas separadas por el río Jarama. De nuevo, la tradición no se pone de acuerdo en señalar su filiación, si hija de labradores pobres y mozárabes o cristianos procedentes de la repoblación de la zona cuando la Reconquista. Es posible que fuera mozárabe, debido a la presencia mayoritaria de este grupo social en las tierras del antiguo Reino de Toledo y más concretamente en los valles fluviales, en donde aparecen organizados en pequeñas comunidades rurales.

Hay casi unanimidad en que su nombre era María.

El apelativo “de la Cabeza” se debe a que la reliquia de su cráneo fue venerada durante varios siglos, primero en la ermita del término de Torrelaguna y más tarde en el convento franciscano de dicha localidad, hasta su polémico traslado a Madrid en 1645, por orden del rey Felipe IV, para ser colocada junto al cuerpo de su esposo en la capilla real de San Andrés. Por este motivo, los vecinos y lugareños se opusieron vehementemente a ello al sentirse despojados de las preciadas reliquias.

Posteriormente, ya en el siglo XVIII las reliquias de ambos esposos se trasladaron definitivamente a la real iglesia de San Isidro, donde permanecen hoy día.

Casada con san Isidro, tuvieron un hijo al que pusieron por nombre Juan o Illán, el cual siendo niño cayó de los brazos de su madre a un pozo y fue rescatado milagrosamente sano y salvo gracias a las oraciones de sus padres. La tradición popular señala que este vástago marchó siendo muy joven a vivir a las tierras de la ribera media del Tajo, concretamente a la comarca toledana de La Aldehuela, Villalva, Cebolla e Illán de Vacas, sitios todos donde se conservan recuerdos suyos y en donde llevó una vida de ermitaño, siendo conocido como san Illán, el hijo de san Isidro, realizando algunos milagros muy parecidos a los de su padre.

Ambos esposos, como collazos, vivieron vinculados a la familia de Juan de Vargas, trabajando las tierras de este caballero villano, de posible ascendencia mozárabe, ubicadas en torno a los valles del Jarama y el Manzanares, de ahí que su espacio vital aparezca siempre relacionado con la comarca de Torrelaguna (Caraquiz) y más tarde con Madrid, junto al Manzanares, en el término de Carabanchel. En todo este tiempo, se dedicaron a la oración y al trabajo. La noticia de que en un momento determinado María decidiese ir a vivir de nuevo a Caraquiz, separándose temporalmente de su esposo, puede estar relacionada con el hecho de que el amo solicitase sus servicios en sus heredades del Jarama, ya que los collazos eran campesinos adscritos a la tierra que trabajaban, o en su defecto, al patrimonio de una familia, aunque éste apareciese disperso en varias heredades.

Durante este tiempo fue cuando se manifestó plenamente la espiritualidad de la santa, nacida al amparo de la oración, la contemplación y la soledad del campo. Los fenómenos místicos que se le atribuyen, como ayunos, mortificaciones, éxtasis y locuciones divinas, entre otros, no parecen propios de una campesina medieval, sino más bien el resultado de las declaraciones de los testigos del proceso en el siglo XVII, entre los años 1615 y 1697, imbuidos por las corrientes misticistas de su época y que poco tienen que ver con la realidad social, cultural y espiritual de una mujer rural del siglo XII, restando credibilidad a su imagen.

El perfil histórico real de María de la Cabeza sería el de una esposa, trabajadora y madre de familia, buena, humilde, sencilla y muy espiritual, y, en todo caso, podría responder al de una eremita con ciertos rasgos de beguina, es decir, una mujer que, sin ser religiosa, ni haber emitido votos religiosos, vivía castamente, dedicada voluntariamente al trabajo, la oración y la práctica de la caridad, siguiendo las tendencias religiosas de su época, practicadas por muchos hombres y mujeres seglares que pretendían recuperar las raíces evangélicas de las primeras comunidades cristianas.

La tradición asegura que, acusada injustamente de adulterio, y ante la mirada escondida de su esposo, realizó el milagro de pasar a pie enjuto y sobre su mantilla las crecidas aguas del río Jarama, con la alcuza de aceite en una mano y un hacha encendida en la otra, cuando se dirigía a la ermita de la Virgen, en Caraquiz, a proveer de aceite a la lámpara del Santísimo.

Es precisamente tal y como se la representa en la iconografía. Este hecho la define popularmente como santera en Caraquiz, a donde se retiraría en los años finales de su vida, siendo viuda, cuidando del arreglo y limpieza de la ermita y de que no faltase nunca el aceite que ardía en la lámpara.

La misma tradición asegura que pudo morir en Caraquiz un 8 de septiembre, entre los años 1172 y 1180, poco después de su esposo, siendo enterrada en la misma ermita y en donde permaneció por espacio de cuatrocientos años, hasta que en 1596 sus huesos fueron encontrados bajo el suelo de la sacristía, junto a la reliquia de su cabeza, separada del cuerpo en un momento indeterminado y expuesta a la veneración de los lugareños. Considerada santa por aclamación popular, su culto fue reconocido por bula del papa Inocencio XII por Bula Apostolicae Servitutis Officium de 11 de Agosto de 1697, y su nombre se inscribe en el Santoral romano. Ya en 1752 Benedicto XIV le concedió misa y oficio litúrgico propio, no constando bula oficial de canonización, ya que el largo proceso del siglo XVII concluyó solamente con la aceptación de su culto inmemorial.

Durante toda la Edad Moderna, los Reyes y Reinas de la casa de Austria y luego de la dinastía borbónica le profesaron gran veneración, atribuyéndosele gran cantidad de milagros.
 
 
Fuente: Tomás Puñal Fernández, Santa María de la Cabeza. DBe, Real Academia de la Historia.

 

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