Tenemos que hablar…

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El martes de Carnaval, antaño fecha señalada en rojo en el calendario carnavalero de Membrilla con un “almuerzo” singular y casi preceptivo, tuve un encuentro  (muy triste por las circunstancias y el lugar) con una de las personas que más han sabido representar el espíritu del Carnaval de Membrilla. Nos remontamos a la época del “nacionalcatolicismo”, cuando la máscara y la diversión y la irreverencia propia de esas fechas era tachada de pecado. Pecado mortal, suponemos. Años de carnavales prohibidos en los que las máscaras callejeras de Membrilla tenían vetado salir a la calle. Pues bien, en aquel contexto social, esta entrañable y querida mujer, una máscara rebelde acompañada de sus amigas rebeldes, se vistieron con los trapos, enaguas y trajes de padres y hermanos que encontraron por sus casas y salieron parapetadas en sus antifaces a la calle Nueva, emblemática y mágica vía epicentro de la mascarada gritona, popular y auténtica. No tardaron los municipales de la época, avisados por las figuras más prominentes de la iglesia local, en salir en persecución de las vivarachas mascaronas. ¡Cómo echamos de menos aquí los móviles y esa grabación de aquellas carreras llenas de pánico y risas por las calles de Membrilla! La historia terminó con algunas de las protagonistas en el calabozo, pero se coronó con una espectacular y divertidísima fuga en la que estuvieron asistidas por algunos novios y hermanos. El tema es más complejo en el sentido de que hasta se convocaron manifestaciones populares en las que centenares de vecinos y vecinas marcharon unidos hasta la casa del alcalde…

La historia nos viene a cuento para ilustrar una realidad palpable en el contexto del Carnaval de Membrilla: La fiesta tiene tanto arraigo, que se ha luchado por ella al menos desde que alcanza la memoria de nuestros mayores. Luchado hasta la persecución, el arresto y la carga policial.

Después vinieron los años de calma y explosión callejera que los que ya peinamos canas, y tintes, recordamos como años felices vividos en la calle Nueva, repleta de gente, poblada de máscaras callejeras chillonas, de pelotas de plástico, de caretas de cartón atadas con gomas y compradas donde Paco Panza, la Félix o la Trapera; una calle Nueva donde aparecía rodeado de chiquillos el Tío Alhiguí, o Lele con su carrito de chuches, y en la que se asomaban las murgas para poner el punto musical y tanta gente viva con ganas de vivir el Carnaval…

Hace unos años que el sentimiento popular es otro: Algo está pasando con el Carnaval de Membrilla. La fiesta decae y solo alcanza picos de máxima asistencia en un par de actividades, como el aplaudido concurso de chirigotas o la celebración de la máscara callejera el Jueves de Comadres, muy buena, aunque con nocturnidad y encerrada en un pabellón, alejada del bullicio de las calles.

A nuestro alrededor, carnavales que potencian las tradiciones al tiempo que implementan nuevas actividades y arrastran a visitantes de la comarca.

El trabajo de nuestras peñas y grupos es digno de destacar. Solo ellos saben el esfuerzo que conlleva montar una chirigota para el concurso, sacar una comparsa y unas carrozas a la calle. Merecen el aplauso del público y recibir un premio en persona, arropados por el calor de sus vecinos. Quizá no siempre lleven razón, pero merece la pena escuchar sus propuestas porque son los que construyen gran parte del carnaval.

El trabajo de las instituciones tiene su punto de complejidad atendiendo a factores que no siempre se comprenden desde la ciudadanía. Habrá que explicarlos…

El Carnaval de Membrilla está en un punto muerto que roza lo alarmante. Este año se han sucedido los desencuentros, los desencantos, las críticas veladas, los comentarios amparados en las siempre turbias redes sociales. No es una situación agradable para nadie, ni para los de dentro ni para los que lo vivimos desde fuera. Siempre es mejor sumar. Trabajar juntos.

No sé cómo puede cambiarse la tendencia. Desconozco la fórmula mágica. No sé cómo puede revivirse el Carnaval de Membrilla. Pero creo que casi todos los vecinos y vecinas tenemos claro cuál es la solución: TENEMOS QUE HABLAR.

(Juntos somos mejores.)

 

 

 

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